Maktub

Maktub es una palabra que, en árabe, significa “estaba escrito”, y quiere transmitirnos que es “el destino” el que fija y marca ciertas conexiones con nuestra vida, nuestra alma y el Plan Divino.

Mi Tío Sergio no tuvo hijos, tuvo muchos perros y sobrinos; me sería complicado recordar todos los perros que tuvo, los que más recuerdo son Sabanita, Pepe y Boy… como no tuvo hijos, yo asumí el rol de perro e hijo, además me quedaba perfecto pues me iba y volvía constantemente como perro callejero o vagabundo, pero más que eso yo era su fan descarado; fue mi mentor y como mi padre pues cuando todos mis primos así como hermanos idolatraban a mis tíos mucho más en onda, jóvenes y vaqueros, porque tenían todo lo que se suele admirar de alguien, yo me convertí en admirador del Tío Sergio desde niño. Mi Tío Sergio tenía esa intelectualidad, ese conocimiento distinto y profundo de las cosas, jamás me dio una respuesta a duda alguna, me recomendaba dos o tres autores y me decía que ya que los hubiera leído platicaríamos del tema en Sanborns, además fue el primero en despertar mi regiomontaneidad, cuando, mientras veía la película «Los pequeños gigantes» me narró con paciencia y pasión la hazaña de estos chicos de Monterey o me tocó verlo discutir con Sheriffs de Texas, en San Antonio, de cómo ese estado, no podía haber sido cedido ni vendido a EEUU por México porque pertenecía a Nuevo León, al Nuevo Reino de León y no a México.

Pero todos mis primos, tíos y yo lo admirábamos, eso era claro.

Con mi primo Jorge Augusto «Pollo», siempre tuve muchísima conexión, quizá porque no tuvo hermanos varones, tiene 2 hermanas Cacho y Mary Fer; tuve la fortuna de cuidarlo cuando era bebé, de acompañarlo a sus primeros conciertos y partidos de fut, tan así, que terminó yéndole a los Rayados del Monterrey, igual que yo.

Jorge Augusto como yo considerábamos al Tío Sergio un gran maestro; el Tío, además de abogado era astrólogo, contador, escritor, masón, brujo decía su esposa, mi Tía Rosy… tanto sus consultorías como abogado fiscal y a sus nuevos clientes, los veía en Sanborns, mi Tío no requería más que una mesa en este restaurante, su periódico «El Norte» e infinitas dosis de café; si algún cliente lo necesitaba, sabía que lo podía encontrar en el Sanborns de Garza Sada o en el Vips de Morelos, en la tarde, así como nuevamente en el Sanborns de Garza Sada por la noche.

Hace 15 años me vine de Monterrey a CDMX y recuerdo cómo me pidió que en su honor me fuera al Sanborns de los azulejos pues ahí solían reunirse “La división del norte” que eran el grupo de abogados con los que se juntaba en la Ciudad de México y con quienes hizo la especialidad de derecho fiscal, como era puro norteño, así se hacían llamar.

La oficina del Tío Sergio era Sanborns, el se consideraba una especie de Robin Hood, defendiendo a los contribuyentes y a las empresas, de Hacienda. Nos enseñó que para ejercer tu práctica profesional, no requieres vestirte muy sofisticado ni tener la oficina más moderna, el tenía solo a Sanborns e iba por la vida, como el mismo se describía: como borrego manso.

Así que la mayoría de las conversaciones que tuve con el Tío Sergio, fueron en Sanborns. Ahí mismo detonó mi ojo clínico pues además de escuchar sus puntos de vista en política, salud, deporte, jugábamos un juego que consistía en que yo adivinara a que se dedicaba la persona que veíamos entrar al Sanborns pero además, yo debía incluir una narrativa de por qué yo creía que se dedicaban a eso, con base a su vestimenta, lenguaje corporal y detalles finos. Comer, trabajar, platicar, polemizar e idear, todo lo hacíamos en Sanborns. Imposible olvidar su ridícula broma cada que nos tomaban la orden y al llegar su turno de preguntarle la mesera a él qué querría, contestaba muy serio: «mmm algo ligero… una liebre». Su chiste era tan obvio y repetitivo (siempre lo hacía) que yo terminaba riéndome no de la broma, sino de su terquedad, era tan mala la broma que terminaba por causarme gracia.

El sábado en la noche nos vimos mi primo Jorge Augusto y yo, después de ver el partido del Monterrey, cenamos, nos despedimos y quedamos de vernos el domingo. La mañana siguiente, yo me quedé dormido, él no tenía datos y se había ido a Puebla, por lo que nos vimos hasta la tarde del domingo para comer en la Cineteca, donde conversamos un poco sin saber qué habíamos hecho o dónde habíamos desayunado.

Hoy al enterarme del fallecimiento del Tío Sergio mensajee a mi primo Jorge Augusto:

Hace poco le comentaba a unos pacientes, cómo los seres queridos nunca realmente mueren, de cómo persisten en los lugares y en todas las partes que compartieron momentos con uno, en frases o costumbres que les imitamos y solo necesitamos poner mucha atención, dejar de ver con los ojos y hacerlo más que con el corazón, con todo nuestro ser. Sé que cada que vaya a Sanborns lo recordaré ahí sentado, con su periódico El Norte, café, siempre sonriendo y estaré tentado a pedir el menú ligero.

https://youtu.be/7SZWblaEnUo

CarLost

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