Muy breve ensayo sobre la inmortalidad y la inolvidabilidad.

El ser humano se sabe mortal, más allá de que todo cuanto lo rodea se lo recuerda, todo es inerte, las paredes, techo, suelo, adornos, utensilios, transporte y vestimenta. No nada más carece de vida, sino que son poseedores de caducidad, pasan del no solo no tener vida, sino a una inutilidad.

La generación en que nos tocó vivir, a un ritmo mucho más trepidante que las pasadas, en el camino del frenesí nos lleva a ver la temporalidad de las cosas y de los seres cómo un hecho fugaz.

Y aunque la ciencia de la mano de la genética, las neurociencias y la biotecnología nos acercan cada vez más a llevar a cabo de mejor manera el sueño de la medicina transhumana, que contempla una vida media para el ser humano por arriba de los 120 giros al sol, quizá más, en el inconsciente de la humanidad, la posibilidad de la inmortalidad sigue latente.

Sabemos que no podemos alcanzarla hasta hoy, por lo mismo aspiramos a ella a partir de otro fenómeno que he decidido llamar: inolvidabilidad. Defino a la inolvidabilidad cómo la habilidad adquirida por cualquier ser vivo, para trascender en su generación y las posteriores.

Lo inmoral y el arte.

Hace poco hice una analogía en mi columna sobre la primera épica literaria: “El Poema de Gilgamesh”, escrita en cuneiforme, sobre unas tablillas y rodillos de arcilla, en lengua sumeria que data de más de 3600 años de supervivencia. Si hoy la humanidad terminara, por la razón que fuere, sería muy curioso ver cómo ésta épica, este poema que de hecho trata entre otras cosas, de la búsqueda de la inmortalidad por parte de su personaje principal, habría recorrido nuestra historia de cabo a rabo.

“¿A dónde vas, Gilgamesh?

La vida que tú buscas

nunca la encontrarás.”

—Tablilla X, columna 1

La inmortalidad y el arte tienen cómo característica común, la trascendencia, lo infinito. Al menos El poema de Gilgamesh lo logra.

La palabra «inmortalidad», lleva cuasi al centro una “t”, que en el mundo cristiano simboliza no solo la creencia en una religión sino también el deceso o muerte de uno de sus miembros; les invito a que le quitemos la “t” a la inmortalidad (quitarle el deceso o la muerte), quizá la clave está en esa palabra que se neo forma: inmoralidad; pues si una característica poseen los grandes artistas de la literatura, las artes plásticas, la música y otras formas de expresión humana, es precisamente el “saltarse” las reglas de la moralidad, ser incomprendidos al inicio, señalados incluso, para después pasar a ser objeto de culto e ir más allá de la vida del autor.

Y si cómo repetía cada que tomábamos café en el Sanborns de Garza Sada, mi tío Sergio, “la moral es un árbol de moras”, parafraseando al revolucionario Gonzalo N. Santos, quizá ese árbol es el que deberíamos de evitar y no los frutos prohibidos de la inmoralidad. Quizá al final, la respuesta está en las palabras y ya me dieron ganas de jugar un scrabble.

“Las palabras no alteran la rotación de un planeta; logran algo más importante:

Imaginar otros planetas.”

-Juan Villoro-

CarLost

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