Finciprios (1a de 9)


«Solo es que naces y solo es que nos tocará morir, lo que le da un gran valor al espacio entre nacer y morir son la confianza y el amor».

-Louise Bourgeois-


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Yo había decidido durante toda mi vida de manera muy independiente, sin que nadie me soplara las respuestas al oído, eso lo tenía claro. Había aguantado los primeros 40 años sin probar ninguna droga a pesar de mil ofertas, basándome en un tratado de John C. Lilly sobre las plantas de poder y el Sistema Nervioso. Había optado por nutrirme de grandes, pero simples ideas de lo que yo y solo yo, consideraba bello, certero, auténtico y capaz de alimentar lo que llamaban alma, había experimentado en los últimos dos años una serie de decepciones en varios rubros, 3 asaltos, 3 rupturas amorosas, pérdida de 3 sociedades empresariales así como de la pasión para tratar a los pacientes y el contacto con mis hijos entre otras cosas. Me había metido toda la farmacia, zambullido en el mundo de las drogas sintéticas, conocía a los mejores dílers de Villa Coapa y la Peralvillo, ahora buscaba la soledad.

Y sí, le mentí, pero me levanté aquella mañana abrazado de ella como nunca antes la había sostenido entre mis brazos, le prometí que regresaría en 6 meses, me hizo que le asegurara que en 3, nos juramos esperarnos; lealtad, fidelidad y compromiso como cemento entre nuestros ladrillos, como valor intrínseco para mí regreso, le hice ver que metafóricamente necesitaba limpiar los viejos trastes o tirarlos para cocinar en sartenes nuevos; nuestro amor… ¿a dónde iba y que buscaba? yo mismo no lo sabía al 100. Le mentí porque le aseguré que ya no me había metido nada en meses, cuando aún cargaba medio giga de soda en la cartera, la verdad es que llevaba apenas 2 días, la cocaína y el sexo, al menos en mi no funcionaban, aquel que no haya mentido en aquello de que ya no se mete nada pero sí, es un Junky farsante y le quita la mitad de la emoción, pero fui honesto en la promesa de retorno, eso sí. Le mentí porque le dije que solo quería encontrarme, trabajar, cobrar y volver, cuando también consideraba acabar conmigo alejado de todos, eso sí, con una muy chula y bien redactada nota póstuma, le mentí porque le dije que regresaría en tres meses y aunque esa promesa de volver era cierta, era más cierto que quería ser rescatado, que la soñaba yendo a buscarme y ordenándome con su dulce y agudo tono: «ya Collado,  párale a la mamada y vámonos de vuelta a casa».

Por lo pronto en Ciudad del Carmen, me ofrecían trabajo dando una capacitación para una nueva cámara hiperbárica, echarles a andar el negocio y regresarme con suficiente dinero en 3 meses para re iniciar mi vida con mi mujer, el trabajo era hasta Mayo, de Mayo a Junio y si bien, faltaban dos meses, yo quería ese tiempo para en el mejor de los casos, ordenarme mentalmente. 

Me invitó a desayunar a su casa como despedida, lloró un poco y me confesó que no pensó que fuera real hasta que la sorprendió la muchedumbre que entraba y salía del depa llevándose mis pertenencias, viendo como las regalaba o vendía; que imaginó que ella me convencería con sus cariños, sus besos de que no me fuera, que deseaba que se me descompusiera la Vespa esa maldita Vespa, que ahora la odiaba pero a la par, quería quererla para que no me pasara nada.

Partí sintiéndome triste, pero seguro de regresar con un reseteo de mi vida y tenía la certeza de que ella sería mi compañera ideal, a pesar de los sollozos, las pecas en su pecho y hombros, brillaban más que nunca en aquella soleada mañana del último día de Febrero y serían la constelación que habría de guiarme en mi regreso. Estaba seguro.

Mi primer parada era Puebla y no conocía ni siquiera la salida, por lo que tuvieron que encaminarme, avance muchos kilómetros hasta encontrar en lo más alto del camino, un letrero en la carretera que decía «no hay retorno», me paré y tomé una foto, sí, parecía una sentencia pero también una seductora invitación, de esas que me encantaba sorrajarme por la nariz, solo que ahora representada en líneas y líneas de carretera federal. Sabía que de volver, no sería el mismo.

Llegué a Puebla. Apenas y la pude conocer, constaté su belleza, pero era como el Distrito, deberían enjuiciar a aquel que se le ocurrió la brillante idea de llamarnos a los regios «Chilangos light», seguramente no había salido de su pueblo, menos habría conocido Puebla de Los Ángeles. Me la pase más de 3 horas tratando de coordinarme con Markolino, presidente del Club Vespa de Puebla, pero andaban con la planeación del encuentro nacional de Vespas en su Angelópolis, a mí lo que realmente me importaba era donde pasar la noche. Por fin me encontré ya entrada la tarde con Carlos Ortiz y Markolino, Marko me insistió en llevar a un hotel de 4 estrellas, afortunadamente Carlos Ortiz, conocía más de la mochileada y me encaminó a una casa en la que por módicos 80 pesos tuve cama enchinchada y regadera para partir al amanecer, no sin antes echar desayuno con pan de agua, tamales  y café en casa de Carlos Ortiz.

 -¿Qué buscas amigo, qué te hizo tomar ésta decisión, qué te hizo el DF?

Dos semanas antes, Alex Llerena, uno de mis mejores amigos, me había hecho la misma pregunta en una cena de despedida brindando en la sala de su casa, le contesté algo parecido a Carlos; que era necesario, que nada me haría cambiar de parecer, que no entendía bien qué buscaba y que el Distrito Fedéral lo había dado todo al igual que yo a él, que no nos debíamos nada, que si a acaso en el ámbito profesional, me habría gustado tener un consultorio en la Colonia Hipódromo de la Condesa, pues me maravillaba la posibilidad de en mis ratos libres, refugiarme en el Café El Péndulo o en el cine Tonalá, fuera de eso, solo agradecimientos.

También me cuestionó de qué viviría, le dije que de la venta de lo que tenía de pertenencias en el depa y la clínica, que el mayor porcentaje se lo había dado a mis hijos para cubrir más de un año de pensión y que llevaba algo de efectivo además de que hyperdodo, una estación de radio web con la que grababa un programa semanal de salud, me patrocinaría el celular y apoyo para la gasolina, con la condición de que me llamaran una vez a la semana, les reporteara dónde andaba y compartiera lo que aprendía de cada nuevo lugar.

Carlos fue la última cara familiar que vería por los siguientes 6 meses, me escoltó hasta la salida de Puebla a Xalapa, como mecánico, me recomendó no ir muy rápido, así como revisar constantemente los niveles de aceite, no le daba confianza un ruidito que había notado en el motor, quizá el pistón de Destructella ¿les conté que así bauticé a mi Vespa? El viaje, mi soledad buscada, apenas comenzaba.

Si me voy pál rancho, ahí estás,

Si me voy pá a la ciudad, también ahí­ me sigues soledaad,

Si me voy al distrito federal, también ahí me sigues soledad,

Deeéjame tranquilo soledaaaad…

-Juan Cirerol-

 

https://youtu.be/GfK6LlPYmuE

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Carlos Patricio 

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