El corrido de la Doc Chayo, La Felina.

Las noches de Octubre en Reynosa pueden ser al principio agradables, incluso frescas, ya con los aguaceros que caen como balazos, provocando desbordes e inundaciones, pero que calman las tolvaneras, se tornan en algo frías. —Quiero que me hagan un corrido, ¿a poco no estaría chingón Collado?, —Jajaja seguro que sí Chayito ¿pero qué diría? Jajaja…
Rosario era norteña de cepa, bastaba observar a su familia cuando acudían a trámites escolares, para darse cuenta de que así era, así lo parecían. Su padre me recordaba al viejo Paulino y su familia semejaban los personajes norteños clichosos interpretados por los polivoces allá en los setentas y ochentas. Como el norestense del imaginario en el resto de la república.
Era de Rio Bravo Tamaulipas y ya con eso debía ser suficiente para justificar su desmedido gusto por los corridos y las polkas. No siempre era así en aquellas épocas, la verdad era que a la mayoría le costaba admitir, que cada que escuchaban la apertura o cierre de una acordeón o el rasgueo de un bajo sexto, se les agitaban las articulaciones. Chayito no tenía mayor problema con eso. Su papá usaba sombrero y botas vaqueras ¿ya dije que me recordaba al Viejo Paulino?, por eso le había inculcado el gusto musical de sus raíces y hasta ella había salido en todos los bailables de la primaria y la secu, sobre todo si incluían polka, chotis y taconazo.
—Quiero que me hagan un corrido, el corrido de Chayo La Doc jajaja.

Cada uno le dábamos un sorbo a nuestra respectiva cerveza, bironga o cheve quesque le llamábamos entonces, sentados sobre de una de las bancas afuera de la biblioteca que yo cuidaba en la universidad. Jamás tendríamos nada que ver, en lo íntimo entre ella y yo. Lo nuestro no pasaría de ser una amistad sin mayor pretensión. A Rosario le gustaban mucho más en el prototipo del Valle del Rio Bravo, altos, llenitos tirándole a gordos y bigotones, yo en mi mediana estatura y obvia flacuchez, también tenía preferencia por mujeres distintas a la ovaladez horizontal y vertical de Chayo.

Por otro lado, mi norteñización se tardó en llegar. Si bien es cierto, que me encantaba escuchar a Los Cardenales, Los Invasores y Ramón Ayala en las fiestas reynosenses, de niño había crecido escuchando a los Herman Hermits, a los Rolling, Janis, Beatles, The Who, The jam, The Animals y otras bandas que componían el arsenal de acetatos con que contaba mi jipioso padre. Me costaba mucho por lo mismo, entender el anhelo de Chayo. No comprendía la mayoría de los corridos, les consideraba expresiones musicales de pájaros nalgones, presunciones en letra cantada de algo que ya nadie puede confirmar, aumentadas por lo que cada quien puso de su cosecha, siguiendo la máxima, de que no hay muerto malo, eso sí, tal vez pendejo; pero no malo. Con destino a ser solo un mito, para preservar en la memoria del colectivo, aventuras dignas del libro vaquero.
Quiero que me escriban un corrido amigo, parecía decir la expresión facial de Rosario, cada que sonaba el corrido de Gerardo González y le subía al volumen de su troca.
Fue de las primeras amigas que tuve en Reynosa, nunca pareció importarle su peso, tal vez por eso es que no era popular por su belleza física, pero sí entre las más aplicadas, entre las más estudiosas, sus notas rayaban en la excelencia y súper amiguera de todos, a menos que estuvieras peleado con alguno de sus principales 10 cuates. Lo suyo era ser popular, se regodeaba en ello, siempre quería llamar la atención, hasta en sus útiles era obvio, pues era de las que aún forraba sus libros, que siempre llevaba bolígrafos de colores y sus cuadernos llenos de su redonda e infantiloide tipografía se podían reconocer a pupitres de distancia. Era lo diametralmente opuesto a quienes como yo, no llevábamos nada y terminábamos pidiendo una hoja y una pluma para antes de iniciar la clase. Si es que llegábamos a tiempo, claro, porque Rosario era de las puntuales. Todo lo opuesto a mí, a muchos sátrapas como yo, seguro por eso nos cuadrábamos y nos caíamos bien, porque a pesar de que veía que a veces copiábamos en exámenes, siempre nos respetó y nunca nos delató, incluso teniendo oportunidad para aumentar su estrellato ganándose al profe.
Fuimos grandes amigos cuando inició nuestra carrera, guardé algo de distancia cuando comenzó a fumar (sí, sé que suena muy pendejo). Yo sentía algo parecido a las migrañas cuando fumaba cerca de mí, también tendía a discriminar a quienes lo hacían y Chayito como era muy sensible, no dilató en darse cuenta y mandarme a la verga.
-Fumo para calmar el ansia y darme calorcito pinche Collado, no mames.

—No mames tú, fumas porque fuman Mara, Brenda y las demás, para quedar bien, para encajar.

—Pues entonces tú te emborrachas por lo mismo y te quieres coger a todas para quedar bien con los demás.

Tardamos en recuperar la cercanía y la amistad hasta prácticamente el último semestre, cuando así fue, no era de extrañar que me llamara como lo hacía a los inicios: —Eres de lo peor pinche Collado, de lo peorcito amigo. Me contó que uno de los Doctores que nos daba cátedra, se había querido pasar de lanza con ella, el compartirme esa anécdota en confianza, fue el pretexto para recuperar la empatía. A modo de broma alivianadora y viendo que de plano se negaba a denunciar al maestro, le dije que ya tenía material para su corrido, que podría ser el corrido de Chayo la acosada, Eres de lo peor pinche Collado jajaja. Me espetó, nos reímos juntos.

Cuando nos graduamos de medicina no había redes sociales, apenas iniciaba el internet y tener acceso a medline recuerdo que era un lujazo. Yo migré a muchos lugares, como mi naturaleza nómada lo mandaba. Chayo se quedó en el corredor Reynosa-Río Bravo, de donde venían sus padres y seguramente su completo árbol genealógico, era muy familiar, muy apegada me parecía.
Después de la conclusión de nuestros estudios, nunca más la volví a ver físicamente. Hasta que hace cómo 14 años, de manera virtual, nos encontramos en el Messenger, era grato tenerla de contacto en ese medio, solía poner la foto de un gato cómo ícono, asumo que era su gata, pues los adoraba. Cuando coincidíamos en línea, chacoteábamos sobre temas de la facu y del qué había sido del resto de los compañeros. Nos parecía sorprendente, cómo era que muchos por quienes se apostaba tanto en la medicina y tenían promedios de 100, ahora ni siquiera ejercían y se dedicaban a otra cosa. Que si mataron a Ildefonso, que si Rock andaba de stripper, que si los otros vendían tomates, que si fulano, que si sutano. Inolvidables sus estados en Messenger que generalmente eran fracciones de corridos –”en Reynosa Tamaulipas, los hombres son decididos, tara tará tararará”- o de canciones de moda, incluso su conocido “Chao” ya sofisticando el Chayo, o Rosario.
Hace cómo 7 años llegaron las redes sociales a México. Facebook y Twitter, y con ellas casi a la par, la guerra de Calderón contra el Narco. Chayo fue de mis primeros contactos en ambas redes, era normal que me compartiera corridos norteños constantemente y que en mi proceso de neo-norteñización se debiera en parte a sus esfuerzos. De ahí nació mi interés por aprender la acordeón, aunque la guitarra me llegara antes a las manos. A veces he pensado o me he debatido si las redes sociales coadyuvaron a el factor pánico y el agravamiento durante esta guerra del narco, no trato de justificarla, la considero estúpida, no solo en forma sino en fondo, es imposible ganarle a un enemigo no tangible, por eso guerras o batallas conta el narcotráfico, el hambre, la pobreza, el analfabetismo y demás “conceptos” están destinadas a perderse y terminar siendo solo una simulación o camuflaje, para otras intenciones detrás de quienes las promueven y las inician.
Chayo quería ser popular, ese había sido su propósito desde la facu, hacerse notar con útiles chidos, libros forrados, cuadernos nuevos, bolígrafos de marca y color, las últimas ediciones del Harrison, del Harper o del Guyton. Todo por llamar la atención, incluido su sobrepeso, que solo era un grito al mundo, para qué, ocupando más espacio en nuestros campos visuales, volteáramos a verla. Y en las redes, encontró su nicho.
Despertó mi curiosidad, que de compartir videos chuscos, imágenes de gatos y selfies o fotos familiares, pasara a publicar reportes sobre balaceras, acerca de bloqueos, delatando retenes, con la especificidad con que se transmite una receta de mole poblano. Informaba donde eran, qué grupo armado se encontraba involucrado en los mismos, que calles abarcaban, duración, perfiles de quienes estaban en los retenes de la letra (zetas) o del “aserejé” como ella solía llamar a los del CDG o cártel del Golfo —”No seas pendeja amiga, te van a agarrar” recuerdo haberle comentado, como al Santiago en la “crónica de una muerte anunciada” de Gabo, —No pasa nada amigo jajaja los traigo vueltos locos, y no has visto mi nueva cuenta de twitter, sígueme, búscame como @muit3 o Felina ¿me vas a hacer mi corrido?, -—Qué corrido ni que la chingada, ¡ten cuidado cabrona!, —Jajaja ¿cómo crees?, además olvida lo del corrido, que tú has de escribir bien cursi y yo necesito algo mas jarcor, que me ponga cómo soy pues ¿sabes a cuantos he salvado en Reynosa y Río Bravo de quedar atrapados en fuegos cruzados, en balas encontradas? se siente bien bonito amigo que me reconozcan y agradezcan aunque no sepan quién soy, con que solo mencionen mi nombre de twitter, se siente cómo cuando curas a alguien con una receta, con un yeso, una sutura o una inyección, pero ésto, a la milésima potencia, no saben quién soy, es raro y comprendes mejor aquello, de hacer el bien, sin mirar a quien, cobra sentido en la práctica.
Cuando traes puesto el traje de héroe, no mides mucho el daño colateral, no se alcanza a distiguir, pues el ego está que revienta ocluyendo la mirada. Como un flash. Chayito no veía que con sus reportes si bien salvaba cientos o miles ciudadanos de a pie, pero ponía en riesgo a decenas o cientos de vidas, que también eran humanas, de los integrantes de los diferentes cárteles e incluso de la Marina y el ejército mexicano. Esto nunca ha sido de buenos y malos, pero ella tampoco lo compendia. Al informar a donde se dirigían los convoys, que orientación tenían los bloqueos, quienes estaban involucrados, la búsqueda y cacería de la Felina ya era prioridad de todos.
Llega un momento en el entendimiento fastidiado del adulto, de que los partidos políticos, son lo mismo, que los diferentes frentes del narco son y están integrados por los mismos al igual que en la armada. Que en un país tan pobre como México, sujetos a la ley de la oferta y la demanda, terminan chapulineando, jugando a las sillas musicales y cambiando de asiento o de frente conforme lo exige el momento o el cambio monetario. Mas temprano que tarde, a alguien que ya cambió de bando, le vas a terminar pisando un callo y te va a delatar.
—Ah como te gusta andarle jalando la cola al diablo Chayito.

—A ti te gusta quemarle las patas y no digo nada amigo.

Rosario ya estaba consiente, bastante prevenida del riesgo en que estaba encaminada, jamás subió, desde que entró en ese mundo del reportaje ciudadano, una foto de su hija o de su familia, Chayito llevaba años buscando la fama, pensaba que los más de 8 mil seguidores la respaldaban. Si ellos, «los malitos», tenían balas y sometida a la ciudad, ella tenía twitazos y a estas alturas del partido, a veces uno de ellos, con solo 140 caracteres, cual bomba expansiva, mataba a varios zetas, a varios aserejés y devolvía la calma aparente a su Reynosa querida, a su adorado Río Bravo.
Unos días antes de que la asesinaran, ya la tenían localizada, el saldo de sus reportes ciudadanos ya había causado muchas bajas, muchos estragos en el CDG. La ubicaron, porque en un operativo o levantón, habían irrumpido en la clínica donde solía trabajar. Cuando después de esa vueltita, revisaron los reportes de twitter y cuadraron antecedentes, todo tenía sentido. Ya sabían dónde encontrar a muit3, a la Felina. A la hija de la rechingada que en sus reportes había provocado la muerte de tantos aserejés, entre ellos, hermanos menores, mayores, papás, primos y novias de los que ahora buscaban venganza, de los que veían la oportunidad de ponerse a cuentas. No la traían solo contra ella, sino contra el grupo “#ValorTamaulipas” que la apoyaba, sabían que era la más popular en redes, la más cabrona, la que más veces se les había pelado, la mas importante, la que más daño había generado y no la dejarían escapar.

Las noches de Octubre en Reynosa y después de aguaceros, pueden rayar en lo frío, calman las polvaredas, pero erizan el cuero. Sentada en una silla en un terreno baldío, le apuntan con su celular, con la fusca a la cara, primer flash. La obligan a redactar su despedida, a mirar la cámara. Flash.
Es la madrugada reynosense, están torturándola para obtener nombres de los que hoy ya cambiaron su clave, su Nick, su password, su residencia. Dio todo lo que tenía que dar, sin poner en riesgo a nadie, despistando como cuidaba a los copiones en los exámenes, como salvaguardaba a sus gatos, o a los compañeros de la maquila que requerían justificante médico. Flash. En su mente, sus últimas imágenes serían las de su hija, de su pequeña hija, flash, de su papá con sus bigotes de Viejo Paulino, viéndola orgulloso con esa ropa quirúrgica negra, que a él tanto le gustaba, flash, con esa bata blanca que le había costado mucho ganar el derecho a portar, flash, pensó en su madre, se preguntaba ¿por qué estos cabrones tienen sintonizada una estación de radio de Mc Allen con canciones viejitas en inglés y no un pinche corrido matón! Se escucha a Del Shannon cantando “runaway” con la interferencia de la amplitud modulada y se cuestiona ahora, si estos putos serán del Valle, no parecen de acá, ¿por qué no escuchan un corrido decente!, piensa en los miles de gente que salvó con sus reportes, flash, se pregunta por qué está tan oscuro en este momento y el frío de la madrugada de Octubre, ahora cala mas fuerte. Hasta la vértebra.

CarLost

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