Todos somos como estampitas de manzana güasington.

Instrucciones para leer a gusto este cuento.

 

Este cuento cuenta con soundtrack, para poder captar lo que el escritor desea transmitirles, será necesario que abran YouTube, o bajen de Spotify o Itunes la canción Pern de Yann Tiersen. Una vez hecho eso, avancen en la lectura, no le pongan “play” a la rola hasta que inicie la parte donde les pregunto ¿por qué querría yo ser ingerida? Ahora sí, bajen esa canción e iniciamos.

 

 

 

Todos somos como estampitas de manzana güasington, así sin la pronunciada de tx o sh como lo diría la Tía Rosamaría cada que pasábamos por Zaragoza rumbo a la Macroplaza, y nos recordaba que las oficinas del periódico El Norte estaban ahí en la esquina con güasington, no wasshhington como erróneamente pronuncian los demás, hasta parece que ni saben que la hache es muda. Todos somos como estampitas de manzana güasington ¿cómo? ¡que como!, todos ¡somos estampitas de manzana Washington!, solo aspiramos a estar perfectamente adheridas a donde nos dejaron, representando algo que en el mayor de los casos ni conocemos realmente, igualitos los unos a los otros, aunque nos la demos de originales, seres deseosos por decreto, deseantes en discreto, que desean ser deseables, aunque en el intento terminen desechables acorde a cómo nos enseñaron, pensando inocentemente que nuestros deseos son originales pero ya traen «mr» marca registrada pues, como imposible es un humano sin ombligo. Sin entender que nos enseñaron a desear eso que creemos que es diferente, pero que ya todos querían antes de saberlo. Quién sabe por qué, o mejor dicho, bien pinche raro.

 

Yo quería ser diferente y suena a bobo si consideramos todo lo previamente expuesto, pero bueno, las estampitas de manzana güasington no tenemos mucho sentido.

 

 

La mayoría de las estampitas de manzana güasington, al igual que yo, si bien no tenían sentido en muchas ocasiones, si poseían aspiraciones. Unas deseaban que algún morrillo las tomara y adhiriera a su cuaderno para así ir a su escuela, ver amigos, tener algo de cultura y así adornar la portada de la libreta, aunque también ir entre páginas no era malo, quizá hasta le tocaba pegada a un 100 de calificación, o al «me gustas mucho» bastante atrevido de la compañera anónima que en un descuido tatuó esa hoja de la libreta.

 

Otras que quizá alguna niña la pegara frente al manubrio de la bicicleta y conocer algo de mundo caray, si bien les iba al menos el barrio, con el “viento alante”, aunque ir a un ladito de la marca del asiento, viendo lo que iba quedando detrás, pero sobre todo las risas y el asombro de quienes nos veían partir y ya solo distinguían la llanta trasera y la polvareda aterrizante que se va dejando.

 

Recuerdo una que añoraba despegarse por efectos del calor, y adherirse a la banana de junto, jugarle una broma pesada a un vegano que en efectos de la nena Juana, se cuestionara si se estaba comiendo una manzana o un guineo… otra, servir de inspiración a un ambientalista anti transgénicos para un tatuaje bastante original y poco común. En el hombro derecho.

 

Lo que era cierto era que todas tenían el mismo fin, en el basurero.

 

Yo quería ser diferente y suena a bobo si consideramos todo lo previamente expuesto, pero bueno, las estampitas de manzana güasington no tenemos mucho sentido y mi sentido había apuntado en tu dirección aquella mañana, y es que a veces los planetas se cuadran, entramos en el patrón o espacio de Moiré, que pareciera tan diminuto pero en el que caben todas las historias que no están sujetas a la inevitabilidad, que aspiran la inolvidabilidad amparándose solo en las prerrogativas del  aprovechamiento del instante y pasa ¿cómo te explico? pues que ese día tocaba que llevarán naranjas a tu gimnasio, naranjas no de Florida, de Montemorelos Nuevo León, aunque ya ves cómo es la publicidad y eso del engaño sagrado al cliente, así que aunque fueran de Montemorelos les pusieron «Orange» así para el “gym” y sé que querrás que te lo explique ahora con peras y manzanas pero en esta historia apenas tuvieron una discreta aparición las naranjas ¿ya dije que eran nativas de Montemorelos? así que no esperes mucho que hable de peras ¿qué hacía yo?

 

Era una estampita de manzana güasington, obviamente adherida a una manzana que quizá era de güasington, no entraremos en esos detalles ahora, en medio de puras naranjas con su certificación de estampita “Orange” (no se les fuera a olvidar o las vayan a confundir con toronjas) en un canasto de frutas que solo tenía 8 naranjas y yo adherida a esta única manzana, aspirando el mismo sueño de toda estampita de manzana güasington, a ser diferente.

 

Y ahí estabas tú, con la cara triste y pérdida la mirada en un imaginario horizonte que imagino-imaginabas pues aunque apuntaba a la clase de enfrente a la que parecías esperar en fila, pero no, tus ojos no veían sus acciones, eran como los de una muñeca de porcelana, como agujeros oscuros en el cosmos, veían a esa señora descrita en las novelas como el personaje más injusto y totalitario, a Doña Nada y las comisuras bajas en tus labios me decían que estabas triste con esa tristeza bella y tierna que hace que quieras acercarte, jalarle sonrisas, pintarle margaritas en las mejillas, pero yo solo era una estampita y tú eras tan humana y posible a ser autentica, original a diferencia de las estampitas de manzana güasington que hechas en serie somos todas iguales, solo un pequeño código de barras que en una es más grande que en otras ¿cómo captar tu atención? y si la captaba ¿cómo para qué?, tú no eras niño para pegarme en tu bicicleta, ni en tu cuaderno, ni parecía encontrarte un cómo, un cuando, un nada. Solo y sin saberlo ya te amaba, porque las emociones son así y seré una muy ordinaria estampita pero ahora sentía amor. Quería adherirme a ti o adherirte a mí, como fuera, no me importaba.

 

La búsqueda de la autenticidad no era asunto exclusivo de las estampitas, a ustedes los humanos se les da y aunque eran puras naranjas, muy orgullosas, convencidas de si con semejante etiqueta de “Orange” ocho para ser exactos, tú decidiste primero, no tomar la clase, irte a casa y segundo: coger una fruta del frutero. No tenías derecho aparentemente, pues no habías hecho rutina ese día, pero eran gratis y el patrón de Moiré estaba abierto con, recordemos, el espacio en que los parasiempres a veces son instantes.

 

Los tiempos de ustedes son diferentes a los nuestros de forma que lo que para un humano es un instante, para nosotras las estampitas es una vida en muchas ocasiones. Por eso mientras girabas a tu velocidad humana normal, yo en cuadro por cuadro pude ver que escogerías la manzana por encima de todas las naranjas con su etiqueta orange. Lograste ver en mi lo que nadie, por eso agarraste la manzana, o eras auténtica contra la corriente y no tomarías una vulgar naranja como todos, ¿como no amarte? O quizá solo querías manzana ese día o fue un error y realmente querías naranja pero no quisiste recular, yo prefería pensarte en mis primeras dos opciones y así ¿cómo no amarte? Me metiste en tu bolso y alcancé a ver como te despedías de la chica de recepción, ya en tu coche mi meta era clara, intentar mover con todas mis fuerzas la totalidad de la manzana para que no me vieras, quería, soñaba y anhelaba con la posibilidad de que sin querer me ingirieras ¿por qué una estampita de manzana güasinton querría ser comida? además, tú eras y lo podía ver además de tu tristeza, extremadamente limpia, tendría que pasar primero por la lavada y seguro ahí pararía como todas las demás estampitas, en la basura, desteñida, contrapegada, borrada por confusión en lo inorgánico aunque mi nueva generación  fuese lo opuesto. Eran muchos filtros pero, no imposibles.

¿Por qué querría yo ser ingerida? Tú ibas concentrada manejando con rumbo claro ahora, la mirada en el tráfico, en eso, te ganó el apetito y tomaste sin ver una toallita con la que frotaste toda la manzana en ese semáforo que duró lo justo en rojo. Como tu mirada estaba al frente y la tristeza que te agobiaba no permitía que sintieras o vieras cosas que en el alerta del 100 por 100 hubieras notado, no sentiste los bordes de mi adheridez a la manzana. Al ponerse en verde, no solo tomaste el volante con la izquierda, aceleraste con la derecha y regaste la mirada sino que le pegaste la mordida a la manzana en tu diestra sin ver, que para mi fortuna, me tragabas para que yo lograra confundir a tus encías, lengua, glándulas y papilas gustativas para que pensaran que era cáscara y me deglutieras rogando que fuera fibra, que al fin y al caso, te ayudaría con la digestión. Mi primer objetivo como estampita de manzana güasington ahora enamorada estaba en marcha, llegaría a tu corazón.

 

Sí, las estampitas, con excepción de las educativas o de anatomía, no sabemos de ese tema ni de que el camino al músculo cardíaco se de por el digestivo, a pesar de qué hay historias que hablan de caminos a corazones de hombres de otros tiempos que se labraban en el estomago, pero eso era de hombres de otros tiempos, tú eras una mujer del ahora, yo una estampita de manzana güasington ahora enamorada, que no sabía nada de anatomía, que sin querer pararía temporalmente y sin sospecharlo en tu intestino para después, acabar peor que las demás, convertida, amasada, teñida y envuelta en caca.

 

El patrón de Moiré es un patrón de interferencia que se forma cuando se superponen dos rejillas de líneas con un cierto ángulo, generando con ese ángulo lo que los comunes llaman «un desmadre» pero que las  románticas estampitas de manzana güasington nombramos apertura a la posibilidad de lo original. Y como en esas estábamos, sucedió que me adherí a lo que después supe que era tu colon, sentía en él una energía que bien podía identificar en color naranja intenso, como las naranjas que descartaste por mí, ahí pude por estar adherido a ti, darme cuenta como comenzaste a ser feliz sin verte esa sonrisa que imaginaba perfecta, adornada con hoyuelos, los químicos de la felicidad todos parten del intestino ¿que como lo sé si solo soy una estampita? habitaba en ti, los veía fluir cuando reías a carcajadas, cuando te contaban chistes, cuando conociste al chico aquel del acento distinto, cuando te hacían enojar te inflamabas rápido, muy parecido a cuando retenías decir lo que realmente sentías, todo se inflaba acá dentro y el naranja de tu energía en esta zona palidecía pues se volvía gases, notaba lo mal que te caían los lácteos, lo bien que te hacían los tés incluso lo que otros confunden con tés pero eran aguas de yerbas. También y con celos, lo enamorada que estabas del de voz ronca que conociste aquel día que comiste pizza al horno pues bebiste constantemente sus fluidos por meses o años, mismos que tuve que sortear acá en tus entrañas. Para mí todo era amor, era parte de ti o tú de mí. Vi cómo te purgabas y sacabas impurezas de tu cuerpo, yo me rifé para no salir en más de una pegado de la barriga de un oxiurus o de aquella solitaria que espero nunca hayas visto.

 

Para mí todo era lo que ustedes llaman miel sobre hojuelas, hasta que noté que  tus momentos de felicidad eran escasos ahora, tu inflamación ya era un estado cuasi normal en ti, ahora tomabas de esas tabletas que evitaban que se quedara lo que ya no servía, pero que también impedía que absorbieras todos los nutrientes que necesitabas y encima yo, que aunque podía parecer pequeña ante los ojos de un humano con poco más de un centímetro de largo por uno de ancho, con mi totalidad te restaba que absorbieras algunos de esos nutrientes que se iban con estos laxantes que ayudaban a que no dijeras todo lo que sentías, de paso y contra las leyes de natura que dictan aquello de «una emoción contenida es una enfermedad manifiesta», y evacuaras como si en verdad nada callaras, estás pastillas que ya ocupaban un espacio en tu vida, y que no eran celos pero si yo no ayudaba a que expresaras todo “arriba” quizá yéndome por “abajo”, al menos no estorbaba. Decidí des adherirme y soltar, fluir entendiendo por primera vez lo que llaman amor al ahora importarme más que estuvieras bien y tuvieras todo lo bueno que la vida te pudiera dar sin una estampita de manzana güasington estorbando o aminorando tu salud y sobre todo tu felicidad.

 

Acabaría en caca, peor que todas las demás, pero te había conocido, había sido parte de tu ser y en esos errores del destino, en esos espacios que quedan en lo imperfecto de un patrón de Moiré, me había colado para aspirar a la inolvidabilidad, lo había logrado, ahora jamás te olvidaría, no pude vencer a la inevitabilidad sucumbiendo ante lo que llaman la temporalidad de las cosas. Ahora sería mierda.

 

Pero en los para siempres que a veces son todas unas vidas y en los instantes que sumados se vuelven ese lugar del que no quiero salir del que ya no quiero volver y que ustedes llaman: las memorias. En esos para siempres me quedaría y fluyendo: me diluí.

 

Aquella mañana me fui en un bajón de perilla, hay plásticos que tardan 500 años en degradarse, otros 100 en integrarse a la tierra, yo era de nueva generación, fui a parar a un río cercano al oriente de tu ciudad, sus corrientes me quitaron la caca que aún tenía pegada, sí, efectivamente quedé desteñido, difícilmente leías was-in-on y nada del dibujito de la manzana, entre corrientes, piedras del río y las lluvias de abril me desintegré, me diluí. Solo cuando eres nada es que puedes aspirar a serlo todo.

 

-Y te decía, al final todos somos como estampitas de manzana güasssinton

-¿Está lloviendo o me escupiste con tu ranchera pronunciación de güasington en lugar de Washington como se debe decir? Provinciano, jajaja

-Las dos cosas jajaja ¿?no te conté la historia de mi Tía Rosamaría y como…

 

 

 

 

Para mi Tía Rosa María, la Tía Rosy con amor del inconmensurable.

 

 

 

CarLost

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