Comprendes, uno -yo mismo en alguna columna-, he dicho que comprendes cuando ya se nada sirve, siempre sirve. Sí, hubiera sido mejor en esos momentos en que podías haber conservado esa relación, ese trabajo, aquel estatus, qué se yo; la verdad es que la comprensión solo llega cuando tiene que, ni antes ni después.
Recuerdo a finales del 2014 que mi amigo Llerena me preguntaba ¿qué sentía yo cuando tratando a un paciente con alguna enfermedad supuestamente incurable y se curaba? Clarísima tengo la respuesta que le di, estábamos en un café, el Rossetta’s de la Roma, le acabé de dar un sorbo a mi café, luego a mi vaso con agua mineral, lo miré y di una de las respuestas más honestas: me siento triste, bro.
Llerena casi escupió su café, recuerdo que me volteo a ver con perplejidad, me aventó su servilleta echa bolita y me dijo: culero, ¿cómo te vas a sentir triste por curar a alguien, cabrón?, ya no voy a dejar que me trates pinche culero. Los dos nos reímos un poco, quizá el más que yo, pero a pesar de las risas me seguía observando con cara de asombro, vi oportuno tratar de darle claridad, le comenté que el origen de mi tristeza era para mi incierto, que sentía que estaba usurpando algo que no me correspondía, que me sentía no merecedor de los elogios que se me vertían, no del estilo del «burro que tocó la flauta», porque perfectamente cada parte de mi terapéutica era diseñada con la absoluta intención de sanar al paciente sino porque se me tendía a poner en una suerte de pedestal que no me correspondía, de ahí que me recomendaran con muchos pacientes y la mayoría venía a mi esperando que repitiera la misma fórmula que en el anterior sin entender -ellos-, que cada caso es distinto.
A Llerena no le satisfizo del todo mi respuesta, me pregunto ahora que qué sería entonces un agradecimiento “válido” de un paciente y le contesté que no sabía, que quizá solo eso, compartirme en qué había mejorado su vida con lo que hicimos juntos sin darme un solo adjetivo sazonador y que quizá eso me dejaría más en paz.

La comprensión llega cuando debe y ahora comprendo que todo el tiempo lo que buscaba era que el paciente reconociera su poder de sanar -y lo sigo haciendo-, consciente de que yo soy el de enfrente, ahora caigo en cuenta de que a la par yo sigo humildemente aceptando el don que acepté desarrollar cada vez siendo más claro en darle el crédito a quien lo merece. El paciente. Porque tú eres yo y yo soy tu.
Carlos